Una derrota amistosa

Un grupo de niños juegan al fútbol en playa Masachapa, San Rafael del Sur, Nicaragua

―¡De rodillas! ¡De rodillas!

Los muchachos que reciben ese llamado prolongan el proceso porque saben lo que les espera: dan pasos titubeantes sobre la arena; se acercan a la orilla de la playa Masachapa, ubicada en San Rafael del Sur, Nicaragua, pero regresan… saben que tienen que hacerlo en algún momento; incluso una hace el intento de flexionar las piernas, pero recula y se levanta.

―¡Ay, dame el balón!

La que hace el llamado se impacienta. Entonces, se lanza sobre aquella que hizo el intento de ponerse de rodillas, rodea su brazo derecho por su cuello, la enreda por las piernas y finalmente la desploma.

A esto le siguen risas. Sí, risas. La que amenaza con lanzar el balón, le tiende la mano a la que tumbó y ella, con total confianza, la acepta.

Al final, el castigo para los que perdieron el juego de fútbol (el marcador quedó 3 a 2) es que los vencedores se paren sobre sus espaldas mientras están acostados en la arena. Quizá el castigo anterior era arrojar el balón sobre sus espaldas. Quizá el que finalmente reciben les duele menos.

El dolor no es problema. Tampoco el egocentrismo de la victoria o la decepción de la derrota. Culminado el partido, entre todos maniobran con la pelota, corren de un lado a otro con pantalones cortos y camisa o comparten algún pescado a la orilla de la playa. Al ser Masachapa un pueblo de pescadores, la macarela, el pargo rojo o los atunes son algunos de sus manjares.

Es un poco después de mediodía, pero la arena no quema los pies. El “castigo” del juego de fútbol pasó y  las olas del mar, ahora, mojan de vez en cuando las dos botellas de plástico y las dos piedras que más temprano limitaban la cancha de fútbol en la que, más allá de una victoria o una derrota, un grupo de niños solo disfrutaban una tarde en la playa.

Foto propia

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