Un combo por partida triple

Trillizos en Managua, Nicaragua

Las dos famosas rayitas aparecen en su paleta de plástico después de cinco semanas sin menstruar. También dos “bolsas” se dejan ver en su vientre cuando le hacen un ecosonograma a la sexta semana.

—¡Casi me muero cuando el doctor me dice que son gemelos! —confiesa Adriana, quien llevaba tres meses buscando un bebé. A los 15 días podía regresar para escuchar sus corazones.

Junto con su esposo, con quien tiene 6 años de casada, vuelven al consultorio a los 15 días. Transcurre la 8va semana. Ahora, una de las dos “bolsas” luce más grande que la otra desde la pantalla del ultrasonido. Un “¡oh! ¡oh!” se le escapa al médico.

—Aquí hay alguna deformidad, se pegó algo —es lo primero que se cruza en la mente de la mamá.

El doctor dirige el ultrasonido hacia el “saco” más pequeño, hace un primer clic y todos exclaman “¡ay, qué alegre!” después de escuchar el primer “bum-bum, bum-bum”.

—Vamos con el saco más grande —dice el ginecólogo y un segundo latido después de un segundo clic emociona más a los padres. Pero el doctor no apaga la máquina. Permanece rodando el ultrasonido por la firme y rígida barriga de Adriana con la crema pastosa y fría que facilita sus movimientos.

Adriana siente que suda. El doctor hace un tercer clic en la pantalla del equipo y vuelve a ver a la pareja.

—¡Noooooooooo! ¡Quería llorar! Me sentía súper preocupada —recuerda Adriana después de más de cuatro años.

Después de escuchar puros balbuceos del doctor y volver en sí, la primera llamada que hace es a su mamá para darle la noticia.

—Mamá, no son dos.

—Bueno, ni modo, hija —trató de consolarla por pensar que solo se trataba de uno.

—¡Son treeeeeees, mamá!

En la familia de Adriana hay varias mujeres que tienen gemelos, pero ella es la primera con trillizos. “Esos son cuentos de nicas”, decían sus familiares en Estados Unidos. Nadie lo creía.

***

Trillizos en Managua, Nicaragua
Foto: Cortesía de Adriana

Son las 8:16 de la mañana del 4 de noviembre de 2013. Nace Vittoria María (4 libras, 42 centímetros); 8:17 de la mañana, Valentina María (3 libras y 15 onzas, 42 centímetros); 8:18 de la mañana, Pedro Elías (3 libras y 2 onzas, 41 centímetros).

Adriana recuerda todos estos datos como si hoy, 9 de marzo de 2018, tuviera al alcance de su mano la ficha técnica del nacimiento de sus trillizos. Pero no. Hoy, sus manos le pertenecen a una manicurista que arregla sus uñas en su casa y esa lista de números brota de su cabeza como quien lee las bolitas en una partida de Bingo. Al ser trillizos y, en consecuencia, prematuros –nacieron en la semana 34– de lo primero que había que estar pendiente era de su peso. Por eso, lo recuerda con naturalidad.

Adriana es abogada y, como si se tratara de un caso que definiría su carrera, comenzó a investigar todo acerca de los embarazos múltiples cuando se enteró que tendría trillizos.

Escribí en Google por qué una mujer puede tener trillizos —se ríe, saca sus manos del agua y presiona unas teclas imaginarias, como si en este momento estuviera frente a su computadora y no frente a Melba, su manicurista desde hace cuatro años.

Entre los resultados que le mostró el buscador estaba sobrepeso –ella bromea y dice que, para ese entonces, tenía 8 libras de más– y tener más de 30 años –ella tenía 30–. Sus hijos nacieron un día antes de su cumpleaños 31.

—¿Fue la Luna? ¿Fue Dios? Definitivamente fue Dios —sentencia.

Adriana Corrales con sus trillizos en Managua, Nicaragua
Foto: Cortesía de Adriana

* * *

El segundo nombre de las niñas es María en honor a la Virgen María. A las 12 semanas de gestación, en uno de los exámenes, el doctor les observó una inflamación en la nuca, lo que podría significar que vinieran con Síndrome de Down. Cinco días después, Adriana ya estaba en Miami, Estados Unidos, para hacerse un examen de ADN: los resultados finalmente arrojaron que no había ningún tipo de inflamación.

—En esos cinco días bajé a los arcángeles, a la Corte Celestial… —bromea Adriana, quien, desde entonces, reza el Rosario todos los días. Actualmente, lo hace durante 25 minutos, en su carro, sin escuchar la radio, después de dejar a sus hijos en el colegio y antes de llegar al trabajo, que retomó en enero de este año.

El único momento que cree que no rezó el Rosario fue durante el primer año de los trillizos. Durante ese tiempo, la verdad es que no recuerda mucho de su vida.Tiene como “lagunas” mentales. Sin embargo, sabe que la primera noche que regresó a su casa –después de la cesárea y pasar tres semanas en el hospital– no durmió y amaneció llorando: uno no durmió, la otra no comió y la otra no hizo pupú.

—Yo pasé todo mi embarazo leyendo qué pasaba si mis hijos nacían a la semana 28 porque mientras menos semanas tengan, menos probabilidades hay que sobrevivan –el doctor la estaba motivando a aguantar el parto desde la semana 26 porque su barriga era enorme–. Me debí haber enfocado en qué iba a pasar después.

Al ser prematuros, tienen el intestino inmaduro así que tenían reflujo y se escaparon de ahogar varias veces. Una de las tantas madrugadas en vela, eran las 4 de la mañana cuando Adriana tenía a una de las niñas en los brazos tratándola de dormir y miró a Pedro con el rostro morado. Lo ayudó y pudo vomitar. Adriana tenía ayuda de dos enfermeras que se cambiaban por turnos de 24 horas, pero ella no durmió más de dos horas en los primeros seis meses.

El reflujo se les quitó a los bebés después del primer año y a ella, la sexta nutricionista que consultó, le diagnosticó prediabetes como al año siguiente: aunque la diabetes está en sus genes por su familia, a ella se le desarrolló por no dormir, no comer y el estrés. A sus 35 años, debe tomar una pastilla de por vida, durante la cena, para controlar su azúcar en la sangre.

***

En esta cuaresma antes de Semana Santa, Adriana no está haciendo nada especial, pero, en la del año pasado, usó un velo que le cubría el cabello cada uno de los 40 días que fue a la iglesia. Le gustó el significado que sale en El Nuevo Testamento.

Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo. Los felicito porque siempre se acuerdan de mí y guardan las tradiciones tal como yo se las he transmitido. Sin embargo, quiero que sepan esto: Cristo es la cabeza del hombre; la cabeza de la mujer es el hombre y la cabeza de Cristo es Dios.

En consecuencia, el hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta deshonra a su cabeza; y la mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta deshonra a su cabeza, exactamente como si estuviera rapada. Si una mujer no se cubre con el velo, que se corte el cabello. Pero si es deshonroso para una mujer cortarse el cabello o raparse, que se ponga el velo. El hombre, no debe cubrir su cabeza, porque él es la imagen y el reflejo de Dios, mientras que la mujer es el reflejo del hombre. (1 Corintios 11, 1-16)

Sin embargo, le costó mucho hacerlo porque la gente se le quedaba mirando y tenía que cambiar su vestuario por faldas o vestidos que no usa con frecuencia.

Quizá la razón por la que se acostumbró a utilizar pantalones era para cubrir las heridas en sus piernas que tenía de niña. Le decían “chimbarona” porque siempre andaba montada en los palos, en los techos de las casas, con sus primos; le gustaba ir a fincas, donde había vacas y caballos, y disfrutaba jugar fútbol, andar en bicicleta o patines.

Después de ser una mujer tan activa, reconoce que, ahora, no es una persona “mañanera” y siempre que pueda dormir un poco más, lo aprovecha: sufre fatiga crónica por un cansancio acumulado que es difícil recuperar y si se desvela, amanece con dolores en las articulaciones.

Hace un poco más de un año, se mudaron a una nueva casa. El primer mes de estadía que los trillizos durmieron con ella, rebajó 8 libras por dormir más de 4 horas seguidas: no sabía qué era eso en los últimos tres años. Ahora, casi duerme sus ocho horas, aunque no de forma continua.

Bromea con que lo que más le gusta hacer con sus hijos es dormir, pero, después de una carcajada, sabe que ama verlos disfrutar cuando los lleva al mar.

La falta de sueño también ha jugado en contra de su memoria y afirma ser muy despistada con todo, eso sí, menos con sus hijos: jamás ha confundido a las niñas, sabe que Valentina tiene la cara más alargada que Vittoria. Ellas son sus princesas y Pedro Elías es su rey.

Adriana Corrales con sus trillizos en Managua, Nicaragua
Foto: Cortesía de Adriana

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