Un «par de viejos abandonados» en Granada

Turistas en el casco histórico de Granada, Nicaragua

Una camisa azul con el logo amarillo y rojo de Superman cubre la cabeza de su esposo. No está amarrada, solo está sobrepuesta. A cada rato cuida que no se le caiga para que la temperatura de 33 grados centígrados no lo afecte. Ella tiene atada una tela naranja sobre su cabeza, simple, sin personajes de comics que presumir. La piel tostada de ambos ya evidencia los estragos del sol.

Todos los días la pareja, de unos 65 y pico de años, recorre las 10 cuadras de distancia desde su casa hasta el Casco Colonial de la ciudad de Granada, ubicada en el departamento del mismo nombre y es considerada la ciudad más antigua del continente americano: los techos de tejas y las altas puertas todavía son insignia de los negocios, mientras que desde lo alto de su Catedral se admira el lago de Nicaragua y el inactivo volcán Mombacho. Es una de las más turísticas del país.

Vista del casco histórico de Granada Nicaragua

—Somos un par de viejos abandonados. Todos los días salgo a ver qué encuentro porque él me pide comida. Quisiera tener huevito o avenita porque así pudiera resolver —dice la anciana mientras, desde la parte de atrás de la silla de ruedas, pica un trozo de un pequeño pedazo de pan para darle de comer a su pareja. También verifica que él beba con un pitillo (pajilla, sorbete) un jugo de melón servido en una bolsa de plástico. Los nicaragüenses usan mucho las bolsas de plástico para trasladar tanto bebidas como comidas.

Quizá el pedazo de pan o el jugo de melón se los regaló algún turista, quienes con sus mochilas a cuestas y sombreros de pajas confeccionados aprovechan de ver la artesanía y probar los platos típicos del país centroamericano, como el vigorón, característico de la ciudad de Granada, que lleva chicharrones, yuca y una ensalada de repollo y tomate, todo servido sobre una hoja de plátano.

Turistas comprando en el casco histórico de Granada, Nicaragua

Algunos turistas quizá atiendan la petición de la anciana cuando ella se les acerca con la mano extendida. A otros se les ve cuando niegan con la cabeza antes de posar para una selfie.

Turistas en el casco histórico de Granada, Nicaragua

En su camino por muchos restaurantes, los ancianos pasan al frente de uno que vende filetes. Allí una mesera echa baldes de agua para limpiar las baldosas en las afueras del lugar, donde están las mesas del restaurante. Jorobada y arrastrando sus zapatos parecidos a unos de marca Crocs, pero muy desgastados, la anciana se acerca a la mujer de uniforme con camisa blanca y pantalón negro, quien deja uno de los baldes todavía con agua sobre una de las sillas. Aquella aprovecha para meter sus manos, frotarlas y volver a mover la silla de ruedas con el peso de su esposo: su torso está caído hacia el lado derecho por una poliomelitis que padece desde hace cuatro años.

—No le haga caso a nadie, ¿oyó, mija? Ya yo me voy para la casita.

Verifica por enésima vez que la camisa de Superman esté sobre la cabeza de su viejo, que él se tome su fresco de melón y, con pleno sol de mediodía, continúan su camino por La Calzada de Granada.

Casco histórico de Granada, Nicaragua

Fotos propias

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