El exguerrillero de una sola cicatriz

Exguerrillero de León, Nicaragua, en el Museo de la Revolución

La única cicatriz de sus tres años de lucha no está a simple vista, pero él se quita la gorra del equipo de béisbol de Los Ángeles de Dodgers y la muestra, todavía un poco escondida en algo de cabello que le queda a sus 57 años de edad. La herida no fue un acto directo de la Guardia Nacional de Nicaragua, pero se la generó al caer por un barranco mientras huía de esta hace 38 años. De los golpes y los choques eléctricos que sí recibió de los guardias cuando estaba en prisión, solo queda el recuerdo en su memoria.

Su nacionalidad es nicaragüense, pero, al tener que escoger un apodo durante la guerrilla, eligió ser llamado “Simón” en honor al libertador venezolano Simón Bolívar. 41 años después, su nombre completo Ricardo Esteban López se lee en el carné que lo identifica como miembro voluntario del Museo de la Revolución, en la ciudad de León, capital (cabecera) del departamento homónimo.

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Cerca del Museo de la Revolución huele a historia. Es una mezcla entre olor de papel periódico húmedo y multitudes aglomeradas. Desde allí, Ricardo está rodeado de murales de héroes que existieron mucho antes de que él naciera y otros que sí conoció, fueron compañeros de lucha, pero murieron en combate.

Mural en el Museo de la Revolución en la ciudad de León, Nicaragua
Mural en el Museo de la Revolución en la ciudad de León, Nicaragua

Él forma parte de otros 239 excombatientes de León que también sobrevivieron y son los guías voluntarios que organizaron el museo frente a la plaza central de la ciudad, en un viejo palacio construido en 1935 y que antes era el edificio de comunicaciones y telégrafos.

—Cada uno de nosotros tiene una historia —resalta, aunque, después de ser oficial, teniente del Ejército, comerciante de granos básicos y trabajar en proyectos energéticos, ahora, viva de las propinas de algunos visitantes del museo o de la venta de documentales y banderas.

Nunca ha sido hijo de cuna: su padre murió cuando él estaba recién nacido por una cirrosis, según le cuenta su mamá. Nació en 1960, 23 años después de comenzada la dictadura de los Somoza, que se prolongó desde 1937 hasta 1979.

Tenía miedo de que la guardia lo capturara, lo torturara y lo asesinara sin defenderse. Por eso, a los 16 años, se integró a un movimiento estudiantil y comenzó a participar en reuniones sandinistas como activista. Bajo cuerda, le pasaban lecturas como “50 años de lucha sandinista”, de Humberto Ortega Saavedra, y “El pensamiento vivo de Sandino”, de Sergio Ramírez. Desde 1976, cuando se unió al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), recibía la formación ideológica, política y militar necesaria para la lucha contra la dictadura de los Somoza.

—Ya nosotros sabíamos por qué estábamos luchando, por nuestros derechos, por ver a una Nicaragua explotada, pobre, en la miseria. Vivíamos en casas de seguridad por miedo a que la guardia nos capturara —cuenta el exguerrillero desde las láminas de zinc de la azotea del museo, la última parada del recorrido.

Vista desde lo alto del Museo de la Revolución en León, Nicaragua

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Es lunes 12 de septiembre de 2017, cerca del asueto por las fechas patrias de Nicaragua. Ricardo –o el exguerrillero que corresponda­– guía a los visitantes –que en su mayoría son alemanes o estadounidenses según muestra el libro que hay que llenar en la entrada– por dos habitaciones: la primera abarca la historia del líder nicaragüense Augusto César Sandino, su nacimiento en 1895, su muerte en 1934, el inicio de la dictadura de los Somoza en 1937 y el asesinato del primero de los Somoza (Anastasio Somoza García) en 1956. La segunda comienza con la sucesión de la dictadura con su hijo mayor, Luis Somoza, el legado de la lucha sandinista, la victoria del FSNL y la liberación del país en 1979, la salida del poder de los sandinistas en 1989, su retorno a la presidencia en 2006 y la actualidad.

Las estaciones del museo son portadas del periódico de la época. En ellas, además de mostrarse un amarillento sombrero del general Sandino o bandas presidenciales de los Somoza en blanco y negro, también aparecen los jóvenes que en los años 70 protestaban para tener un país en mejores condiciones y derechos.

—Ahí estoy yo a los 19 años —señala Ricardo, con orgullo, una foto en la que se le ve escondido detrás de barricadas. Ante la interrogante de cómo él está contando su historia y la de sus compañeros es relatada por otros, opina que cada quien tiene su destino —. Teníamos jefes, teníamos disciplina, no éramos jóvenes irresponsables, teníamos responsabilidad de lucha revolucionaria, con una convicción de sobrevivir para derrocar la dictadura.

Antes de salir a combate pensaba en su consigna “Patria libre o morir”, no le importaba caer porque otros lo seguirían. Sin embargo, se persignaba después de cada enfrentamiento para agradecerle a Dios el hecho de seguir con vida.

—Uno se sentía con aquel poder de que nosotros, los jóvenes, fuimos los protagonistas de cambiar la historia.

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Ricardo es el segundo en fila de una lista de 14 hijos. Él solo tuvo cuatro con su esposa, quienes le han dado seis nietos. “Van a ser quienes continúen la revolución”, asegura.

A ellos les habla de sus compañeros que fueron asesinados y de los tres meses que estuvo en prisión en la cárcel La 21. Fue la única vez que lo torturaron con golpes y choques eléctricos durante uno o dos minutos mientras sumergían su cuerpo en agua. Sin embargo, la pequeña cicatriz en su cabeza, cuando tenía 19 años, durante la ofensiva final para liberar el departamento de León de la dictadura, es la única que valida su etapa guerrillera que superó para contar.

Fotos de exguerrilleros en el Museo de la Revolución en León, Nicaragua

Fotos: Yarelys Balza

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