El adiós a un “dios”

obelisco-muerte-de-maradona

—No puedo respirar —le dice un niño de 5 años a su mamá.

No hay ningún distanciamiento social este jueves 26 de noviembre en Plaza de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires.

—¿Querés agua? Tenés que tomar agua porque hay mucho calor —le comenta otra señora a un niño que la acompaña. Una de sus manos está sobre una barra metálica y con ella sostiene un montón de flores que está vendiendo. Aprovecha de saludar a una periodista del canal 9 de la televisión argentina, le dice que es su fan.

Diego, Diego de mi vida,

vos sos la alegría de mi corazón.

Sabes todo lo que siento

que llevo acá dentro de mi corazón

Un vendedor de bondiolas y choripanes golpea con una espátula su parrilla ambulante al ritmo del canto. Levanta los brazos, grita, abre la boca, la saliva se le escapa. Lo mismo hace la multitud que está dentro las barras metálicas y la que está fuera de ellas.

—Tranquilo, esto es rapidito. Al salir, están los helados —la mamá de aquel niño que no podía respirar lo carga en sus brazos.

Son los próximos en pasar junto con otro montón de personas. Sus pasos son involuntarios, caminan por el movimiento de los demás. Chocan con los escudos antidisturbios de una fila como de 10 policías. Superan el embudo humano y vuelven a respirar normal. O, bueno, lo que les permiten sus tapabocas.

Pasan todos. Varios auxiliadores echan chorros de antibacteriales a los que van pasando, chorros que por suerte caen en la mano y que incluso alcanzan hasta para los codos. Otros policías revisan que no tengan objetos violentos en sus bolsos o vestimentas, les piden que no saquen sus teléfonos. Siguen caminando más despacio, ahora en una fila, ahora con pasos voluntarios. Ya están listos.

Están listos para despedir al astro del fútbol: Diego Armando Maradona.

* * *

—¡Murió Maradona, boludo! ¡Con 60 años, boludo!

Es miércoles 25 de noviembre. Son las 7:30 de la noche en la ciudad de Buenos Aires. Un señor, como en sus cincuentas, pantalón, camisa y zapatos de vestir, quizá saliendo de su trabajo, camina por la Avenida Carlos Pellegrini en dirección al Obelisco mientras le da la noticia a alguien por su celular. Aunque a esa hora, más que una noticia, es como repetir en voz alta el suceso para terminárselo de creer.

Alrededor de la 1:30 de la tarde la comunicación del hecho se desplazó como piezas de dominó en todo el mundo: “El Pelusa”, “el Barrilete cósmico”, “El 10”, “El grande” murió este miércoles 25 de noviembre, a los 60 años, debido de una insuficiencia cardíaca mientras dormía, según reveló el resultado preliminar la autopsia. Maradona se recuperaba de una operación por un hematoma subdural crónico en la parte izquierda de su cabeza.

En Plaza de Mayo, cerca de las 3 de la tarde, la bandera de Argentina está a media asta. Buenos Aires está a 25 °C con una humedad de 75%, pero una inesperada brisa hace ondear la azul y blanco que minutos antes estaba abrazada al mástil.

—¡Esa la está bandoleando el Diego, papá! —se le escucha decir a un vendedor ambulante que carga una caja sobre sus hombros.

En las pantallas del Subte y de las calles en Buenos Aires, en las que usualmente anuncian alguna información del tránsito, este miércoles se lee un “¡Gracias, D1EGO!”. Los “maradonianos” se concentran en el Obelisco a las 6 de la tarde, y desde el monumento se lee en una larga pancarta: “Simplemente gracias D10S”.

Aunque en su primer juego, el 20 de octubre de 1976, Maradona jugó con el número 16 en su camisa, la pancarta en el Obelisco muestra claramente la sustitución de letras “i” y “o” por el número que caracterizó a Maradona durante sus 21 años de carrera futbolística, desde 1976 hasta 1997, en Argentinos Juniors, Barcelona, Napoli, Sevilla, Newell’s Old Boys y Boca Juniors.

obelisco-muerte-de-maradona

—Yo nací en el 86. Si bien no viví la euforia de ese año (la victoria de la Copa Mundial de Fútbol de Argentina), mi papá y mi familia me inculcaron todo lo que significó el Diego en ese momento —. Romina alza la voz para escucharse con un tapabocas puesto en medio de la algarabía de todas las personas concentradas en el Obelisco, que se toman fotos, agitan camisas de la selección argentina y venden choripanes.

En la edición de la Copa Mundial de 1986, Maradona fue catalogado como “el mejor jugador” y recibió el “Gol del siglo”  por el segundo gol que anotó durante el juego contra Inglaterra en los cuartos de final de ese año. Subcampeón Mundial en 1990, tiene el récord de ser el jugador que cinco veces fue máximo goleador de campeonato de Argentina.

Hincha no es, hincha no es

el que no salte es un inglés

—El Diego significa lo mejor que ha tenido el fútbol. Significa el máximo exponente de este deporte, tanto en Argentina como en Latinoamérica y el resto del mundo —. Enrique es venezolano, tiene tres años viviendo en Argentina, y este miércoles en el Obelisco luce “la 10” junto con su novia Katerine.

Más temprano, el mismo miércoles, en Plaza de Mayo, un vendedor de garrapiñada –un bocadillo dulce elaborado con maní, azúcar y esencia de vainilla– duda que el funeral lo realicen allí porque, para él, la plaza es muy pequeña y a algunos presidentes de la nación los han despedido en el Congreso, como Raúl Alfonsín.

Se equivocó en el lugar, pero no en que el espacio quedaría pequeño. Los “maradonianos” hicieron vigilia en Plaza de Mayo, en los alrededores de la Casa Rosada, desde el miércoles en la noche para recibir el cuerpo del exfutbolista en la madrugada del jueves.

* * *

—En el Mundial del 86, vinimos a Plaza de Mayo. Lo recibió Alfonsín y se asomó Maradona con la Copa.

La mujer que cuenta esto va caminando con un hombre por la Avenida Rivadavia. Tiene unos cuarenta y tantos, luce una camisa del Boca con el número 9 y el nombre Osvaldo. El hombre que la acompaña entra a un local de comida rápida. Ella lo espera afuera mientras revisa mensajes en su celular.

Detrás de ella, en el río de gente caminando hacia la Casa Rosada por la Avenida Rivadavia, viene un joven, unos treinta y pico de años: su caminar es más lento, jorobado, su mirada está hacia el piso, se tropieza con otros, ofrece disculpas; con su mano izquierda sostiene un afiche enrollado de Maradona y con esa misma mano se limpia las lágrimas en su cara. En Avenida de Mayo se pierde entre la multitud.

La expectativa era un millón de personas. En medio de una pandemia y la medida de distanciamiento social, las críticas se dejaron ver. Las declaraciones en Twitter de los diputados por Juntos por el Cambio Luis Petri y Fernando Iglesias son un reflejo.

Antes de los disturbios, el homenaje a Maradona era pacífico: Marce y Mario se encontraron a las 7 de la mañana en Avenida de Mayo para pintar sobre el asfalto a un Diego más niño, más lleno de sueños, para representar que “los clubes, la Fifa, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), las fronteras, enturbian los sueños, el deporte y el corazón”. Rosa, de 72 años, viajó con su hija desde Quilmes, a casi 25 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Otros tenían un letrero para anunciar que venían de Jujuy, provincia a más de 1500 kilómetros de la capital. Varias pantallas transmitían algunos de los 345 goles de Maradona.

Diego no se murió, Diego no se murió,

Diego vive en el pueblo la puta madre que lo parió

La señal de la cruz. Besos. Agite de los dos puños de las manos en el aire. Estas son algunas de las muestras de cariño de las personas alrededor del féretro dentro del Salón de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa Rosada, donde yace el cuerpo del Diego. Le lanzan flores, banderas, camisas de la selección de Argentina, del Boca.

Aquel niño de cinco años que no podía respirar y su mamá salen del recorrido dentro del Palacio de Gobierno que no dura más de 30 segundos. La mamá también está con su otro hijo de cuatro años y su hermana, quien en realidad es la más “maradoniana”.

—Creo que ayer se murió el fútbol. Creo que se murió el mejor del mundo porque el Diego no era solo una pelota, los goles, el Mundial, la Copa, la mano… El Diego era pueblo. Como el Diego no hay otro, nunca nos traicionó, fue siempre leal. El Diego demostró ser argentino siempre —habla Agustina, con la voz entrecortada, junto con sus dos sobrinos, minutos después de haber gritado un “¡Gracias, Diego!” junto al féretro.

Los niños creen que Maradona murió porque le hicieron una falta en el juego del fútbol. Pero Agustina y su mamá, de a poco, les van explicando lo que para ellas representa la importancia del momento.

Antes de entrar a la Casa Rosada y pasar junto al féretro, antes de que revisen que no tienen objetos violentos en sus bolsos o vestimentas, recibir el chorro de antibacterial y chocar con los escudos antidisturbios de los policías, justo antes de que la mamá cargara a su hijo de cinco años, ella le dice:

—Cuando seas grande te recordaré que estuviste aquí.

Casa Rosada con listón negro por la muerte de Maradona

Fotos: Yarelys Balza y Milángela Balza

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
¡Hola, soy Milángela! Estaré encantada en ayudarte :)
Powered by