Miguel Ávila, el dueño de la librería más antigua de Argentina

Miguel Ávila en la librería de Ávila en Buenos Aires Argentina

—El libro, a mí, me salvó la vida. No es una frase hecha, realmente me salvó la vida.

Miguel Ávila tuvo su primera librería a los 23 años, pero en realidad desde los 13 trabaja en estos espacios que resguardan lo más preciado para él: el libro. Ser librero no es una labor que heredó de su familia como normalmente ocurre en este tipo de oficios tan antiguos: no vivía con su mamá y a su papá lo conoció cuando tenía como 45 años. Su pasión por el libro se la debe a Marcela, una de las mujeres más bellas que conoció.

Marcela —hermosísima, cara lisa, piernas espectaculares, como si no envejeciera nunca, muy inteligente, la describe Miguel— no era su pareja, sino una mujer que cuidó de él desde sus 11 años de edad. Creció en un reformatorio, lo expulsaban de los colegios, tenía una conducta terrible, participaba en peleas callejeras que organizaban chicos más grandes a cambio de algunas monedas. Hoy día, después de más de 60 años, todavía se le ve una torcedura en la nariz producto de aquellas riñas: se quita los lentes para mostrarla mientras pela los dientes con los ojos cerrados cual niño travieso.

Preocupada, su hermana mayor, Elsa Ávila de Cruz, hizo un trato con Marcela quien necesitaba a alguien que cuidara a su mamá mientras ella salía a trabajar como profesora de inglés. Le dijo que Miguel podía cuidar de su mamá si ella, a cambio, le daba un techo, comida y educación a su hermano. Y así se hizo.

La mamá de Marcela murió al mes que Miguel empezó a cuidarla, no porque Miguel apenas fuera un niño, sino porque la señora ya estaba muy mayor. Sin embargo, Marcela continuó ocupándose de Miguel: junto a ella, conoció El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, La Novena Sinfonía, la ópera, el cine, el teatro y, lo más importante de todo, el libro. Los Miserables de Víctor Hugo fue uno de los primeros libros que Marcela le leyó en voz alta durante las noches.

—Después empecé a leer yo solo, empecé a leer, a leer, a leer, a leer, a leer, a leer, a leer, a leer —su mirada se levanta, sus brazos también, hacia el cielo, y sus ojos se le abren cada vez más con cada “a leer” que pronuncia— y descubrí un mundo extraordinario. De ser un chico que echaban de los colegios, me fui convirtiendo en el mejor alumno de la escuela, el que hacía los discursos, en un alumno modelo.

* * *

Es jueves 4 de julio de este año, pleno invierno en la ciudad de Buenos Aires. Miguel está sentado en su oficina compuesta por un escritorio de madera, un equipo de sonido antiguo de discos de vinilo y una montaña de papeles en la que se le dificulta encontrar la foto de la réplica de una casa de 1863 que está terminando de construir. Todo sucede debajo del entrepiso de la librería más antigua de Argentina.

fachada de la librería de Ávila en Buenos Aires Argentina

Es la misma librería que se cruzaba en su camino cuando tenía 13 años y buscaba libros en algunas editoriales para la librería Platero, la primera en la que trabajó. La relación con Marcela duró toda la vida, pero en realidad solo vivió dos años con ella porque después se casó con un buen hombre, aclara Miguel, pero “convivir con este preadolescente era un tema”, lo reconoce, así que con 13 años se fue a vivir solo a una pensión. Esa mañana en la que salió a buscar empleo, tenía varias direcciones anotadas en un papel. No sabía qué tipo de perfil requerían, pero necesitaba algún tipo de ingreso económico.

Fue a la primera dirección, vio la fila de chicos. Cuando preguntó para qué era el empleo, uno de ellos le dijo que era para hacer trabajo de oficina y trámites del banco. “Esto no es para mí”, se dijo y fue a la otra dirección que tenía anotada. Cuando vio que era una librería, se formó en la fila con el resto.

Su jefe en la librería Platero fue como un padre para Miguel, trabajó con él muchos años. Un día viajaron a la ciudad de Rosario, en la provincia de Santa Fe, a ver una biblioteca muy grande y recordaron ese primer encuentro cuando Miguel fue a pedir el empleo.

—Yo tenía este momento totalmente borrado. Él me cuenta que cuando llegué yo, me dice ‘bueno, pibe, mirá, ¿vos por dónde vivís? ¿Vas al colegio?’ —Miguel cambia su voz a un tono más grueso y se pavonea para simular a un patrón—. ‘Sí, voy a colegio, a la noche’, le respondo, ‘bueno, mirá, el trabajo acá es de 8 de la mañana a 2 de la tarde, tenés que pasar el plumero, después hacer trabajo de cadete, después llevar un paquete, que esto, que aquello’, y en un momento yo le dije ‘perdón, ¿cuánto me va a pagar?’, dice que me dijo 1500 pesos, y yo le dije ‘bueno, hagamos una cosa, yo lo voy a pensar, y a la tarde lo llamo si acepto o no acepto’ —hace una pequeña pausa en el relato—. ¡Le cambié el rol!, me di media vuelta y me fui —se ríe a carcajadas, se coloca las manos en la cara como avergonzado, hoy día de adulto le parece increíble haber actuado así de niño—, y él se quedó mirándome —abre los ojos para emular la sorpresa de su jefe— y pensó ‘si este pibe me llama, lo voy a tomar’, y a la tarde lo llamé.

Así Miguel comenzó su recorrido por las librerías mientras a sus 13 años culminaba su 6to grado en la noche porque le daba vergüenza andar tan grande con el guardapolvo —bata blanca que usan los alumnos de primaria en Argentina—. Ahora, después de dirigir cuatro librerías, esta, la más antigua de Argentina, la quinta de la que es dueño, lleva su apellido: librería de Ávila.

* * *

Sobre un mueble de madera, junto a otros libros de portadas duras y unicolores cuyos títulos están impresos en el lomo con letras mayúsculas, una anciana le presta atención a uno en particular: Antología de prosistas españoles, de Ramón Menéndez Pidal, cuya octava edición es de 1964.

—¡Este libro lo tengo yo en mi casa! —señala ella, bajita, con un suéter tejido de color verde manzana —. La última vez que vine todavía había bar, era hermoso, te podías quedar a charlar un rato. ¡Un día me voy a venir a pasar todo el día aquí!

Es sábado 22 de junio de este año y la anciana está en la librería de Ávila, ubicada entre las esquinas Bolívar y Alsina. En un rato llegará otra mujer ajetreada a buscar una de las ediciones de la revista argentina Sur: sobre el estante de madera se pueden encontrar publicaciones de la revista desde 1952 hasta 1982.

Ambas mujeres están en el subsuelo de la librería, donde hay cientos de libros, desde aquellos con el texto escrito a máquina de escribir, sin interlineado, sobre hojas amarillentas, hasta otros con el papel más brillante e imágenes a todo color; desde la colección completa de la revista Así fue la Segunda Guerra Mundial, hasta la saga de Harry Potter; desde libros de historia de España, Inglaterra y Francia, hasta los de la historia de los barrios de Buenos Aires; desde aquel que habla de 15 ciudades de China, hasta El Principito, el que siempre todos se llevan.

—Lucas, traeme ese libro antiguo, el chiquito, por favor —le dice Miguel a uno de los empleados de la librería. Otra vez es jueves 4 de julio. Todos usan suéter dentro de la librería porque la calefacción está dañada. Lucas trae efectivamente un libro muy pequeño, que cabe en la palma de la mano, es un libro sobre el lenguaje y tiene fecha de edición del año 1630. 

libro más antiguo de la librería de Ávila en Buenos Aires Argentina

Al iniciarse desde temprana edad en la labor de las librerías, Miguel siempre se ha dedicado a la compra de las últimas novedades, pero también de bibliotecas en las que aparecen libros antiguos, viejas ediciones, libros que ya no circulan, pero que siguen siendo muy importantes, otros que no se han reeditado, los clásicos. Por eso, a principios de los años 90, no tuvo problemas en rescatar desde cero la “librería del Colegio” —así se le conocía popularmente— antes de que la convirtieran en un local de venta de hamburguesas de una empresa norteamericana.

—¡Era un cachetazo a nuestra historia! —se indignó Miguel cuando se enteró de que por estar abandonada unos siete años durante los 80, iban a demolerla. Recuerda que cuando era más chico le encantaba la enorme cantidad de estanterías y las publicaciones de la Unesco y de las Naciones Unidas que estaban en el subsuelo. Además, la librería fue editorial de muchos libros para estudiantes principalmente porque quedaba (y todavía queda) diagonal, en la acera de al frente del Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyos antecedentes se remontan a los años 1660.

Miguel tiene voz gruesa y de locutor, propia de un narrador de historias y de alguien que, además de ser librero, también se ha dedicado al teatro. Es el mismo tono de voz que usa para contar que la llegada de los primeros libros a la librería se remontan a 1785 —cuando Buenos Aires no era “Buenos Aires”, sino la “Gran Aldea”— y se cree que eran de índole religioso porque justo al frente estaba (y todavía está) la iglesia San Ignacio, la primera que tuvo Buenos Aires. Antes de esa fecha, ni siquiera vendía libros, sino hierbas medicinales y objetos para el gauchaje (relacionados con jinetes y vacunos).

Estaba construida de paredes de adobe, barro y techo de paja, y fue la primera casa en tener dos pisos en Buenos Aires, una planta baja y un primer piso: abajo estaba la librería y arriba, la familia que era la dueña de la planta baja. Sin embargo, más allá de la antigüedad, Miguel sabe que la importancia de la librería está en la germinación del pensamiento libertario de Argentina: Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan José Castelli, líderes de la Revolución de Mayo que conquistó la independencia de Argentina en 1810, armaban polémicas y debates en la librería con textos políticos que comenzaban a llegar de Europa, algunos escondidos por ser clandestinos. Luego expresidentes reconocidos del país, como Domingo Faustino Sarmiento, Carlos Pellegrini, Agustín Pedro Justo, entre otros, también pasaron por la librería.

Por su ubicación tan cercana a la Plaza de Mayo, foco de protestas y conmemoraciones en Buenos Aires, la librería, después de más de 200 años, todavía es testigo del transcurrir de la historia.

—Yo me comprometí a reinstalar otra vez la librería al mejor estilo. No había nada, ni un libro, ni un pedacito de estantería, nada, no quedó nada, lo que se pudo rematar, se remató, lo que no, se destruyó. Yo siempre agradezco mucho al arzobispado porque me dieron una mano muy grande, se involucraron ellos también —el arzobispado de Buenos Aires eran los dueños de la librería y después de una temporada de abogados y de argumentos de Miguel acerca de la importancia histórica del lugar, la rescató de las manos norteamericanas—. Así que ahí empezamos. Empecé sin plata, con la imaginación, ocupando de a poco, hasta que ocupé toda la planta baja y después empecé con el subsuelo.

La librería está declarada sitio de interés cultural que equivale a monumento histórico por decreto presidencial, explica Miguel. y figura como una de las nueve librerías más emblemáticas del mundo.  Mediáticamente es una librería muy reconocida: Flor es una de las hijas de Miguel —los otros son Facundo y Santiago— es antropóloga y durante un congreso en Francia se sorprendió que en una conversación saltara la librería de su papá como una de las más importantes. Además, la semana siguiente a la del jueves 4 de julio, Miguel recibirá una televisión japonesa para un programa de una hora sobre distintos aspectos culturales que suceden en distintos países.

Miguel no conservó el nombre de “Librería del Colegio” porque además del activo, también adquiriría el pasivo: los antiguos dueños contrajeron muchas deudas. Sin embargo, el nombre popular con la que se le conocía en los años 1700 todavía se lee en la fachada de la entrada y cuando Miguel habla de ella siempre le agrega “en el querido y recordado local de la antigua Librería del Colegio” para que no se pierda el nombre.

  • librería de Ávila en Buenos Aires Argentina
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* * *

Miguel se sabe de memoria el inicio de su libro de cabecera. Tose, aclara la garganta para entonar su voz de narrador y comienza a relatar:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

De vez en cuando abre “Cien años de Soledad”, de Gabriel García Márquez, en cualquier página y lee un poco porque le hace mucho bien. Quizá es uno de los títulos que les ha recomendado a sus clientes porque sabe que un librero no es solo un despachante de libros, sino aquel que tiene la obligación de incorporar nuevos lectores: preguntándoles por sus gustos, sus intereses y, a partir de allí, recomendarles un texto que los atrape.

Se emociona, se endereza en la silla detrás de su escritorio de madera, y sonríe para contar que un día Matilde Sánchez, la directora de la revista Ñ —revista del diario Clarín dedicada a la cultura— le confesó que su profesión se la debía a él.

—Un día yo estaba en otra de mis librerías, era de noche, estaba parado en la entrada viendo pasar la gente, y de pronto pasa Matilde con dos chiquitos, se para ahí frente a mí, y les dice a los chicos ‘¿ven a ese señor que está parado ahí? Por culpa de ese señor yo tengo la profesión que tengo’. ‘¿Por qué les decís eso?’ —se sorprende como si tuviera a la Matilde chica al frente de él y se ríe—, y entonces ella me contó algo que yo no me acordaba, de verdad no me acordaba. Un día ella tenía 13 años, 14 años, y la veo llorando a mares afuera de una de las librerías que tuve, miraba la vidriera como que estaba mirando libros, y lloraba y lloraba, entonces yo salgo a la puerta y le digo, eso me cuenta ella, dice que yo le dije ‘no hay nadie, absolutamente nadie en el mundo que merezca las lágrimas que estás derramando. Vení’ —lo dice con su voz gruesa, de narrador—. Entró a la librería. Le pregunto ‘¿sos lectora?’, ‘no’, ‘bueno, yo te voy a dar un libro para que leas. Este es un regalo mío, esto no tenés que pagarlo. Si te gusta, la autora tiene otra serie de libros más, esos sí los vas a comprar vos’ —se ríe— y le encantó el libro, era un libro que estaba de moda en esa época, de una autora Montgomery, que escribía sobre adolescentes, chicas, eran muy lindos para la época, estamos hablando como pudiera haber sido Mujercitas, y empezó ella a leer, a leer, a leer, a leer, se convirtió en una gran lectora y se recibió de la carrera de Letras. Esa es la función de un librero. Eso es lo que a mí me gusta.

* * *

Miguel es de la localidad Adelia María en la provincia de Córdoba, en la región central de Argentina, de donde también es su hermana, una gringa preciosa, la describe. Ella, cuando tenía como 15 años, trabajaba de mucama en la ciudad de Buenos Aires, en un caserón enorme, de dos plantas, desde las 6:00 am hasta las 10:00 pm, y cuando pudo mandó a buscar a su hermano: para ese momento Miguel tenía 9 años.

—El impacto fue muy grande porque de estar en un pueblito diminuto, diminuto, un pueblito de campaña muy chiquito, entrar amaneciendo, despertarme y ver esta ciudad… lo más alto que yo había visto era la torre de la Iglesia que era como una casa de dos pisos; el asfalto, los autos, la gente, la cantidad de gente, era… —abre la boca como si estuviera llegando de nuevo a la “Ciudad de la Furia” aquel 15 de octubre de 1955.

Este librero por vocación ahora tiene 74 años, pero en su cabello no se asoman canas porque, por parte materna, desciende de la tribu de los indios ranqueles: longevos, no se les caía el pelo, encanecían muy poco, según los detalla, pero acota que, aunque no lo parezca, sabe que allí en su cuerpo están sus años, y se ríe.

En un momento hace una pausa para tomarse una pastilla que en realidad debía tomar hace una hora, recibe alguno de los periódicos del día que el señor del kiosco de la esquina le lleva directamente a su escritorio y recuerda que tiene que acomodar la calefacción de la librería. Mucho antes de todo esto, Miguel, con su voz de narrador, cita una frase: siempre en la vida de un hombre, siempre, en algún momento, se va a cruzar una mujer, no importa en qué rol, esa mujer va a tener que ver con el destino de ese hombre. Él está seguro que esa mujer se le cruzó a los 11 años: Marcela.

Esta crónica también salió publicada en la revista venezolana Historias que laten

4 thoughts on “Miguel Ávila, el dueño de la librería más antigua de Argentina

  1. Que historia tan bonita y completa. Conmueve la vida que ha llevado Miguel, y la pasión con que narra su vida de librero. Y por supuesto, todo ello no tendría sentido sin la narrativa especial de la periodista que escribió esto ( Milangela ).

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