Los 58 años de viaje de María Luisa

María Luisa, una mujer que tiene 58 años viajando, en un Starbucks de Buenos Aires

58 años de viaje inician su descenso. Después de su primer despegue en 1960, volar por encima del hierro que se entrelaza a lo alto de 300 metros en París, los bloques de piedra que albergan siglos de historia en Egipto o los ladrillos rojos que rodean la plaza más famosa de Moscú, María Luisa quiere guardar su pasaporte y desembarcar por un rato.

Durante 58 años, el mes de agosto era el mes del despegue. Primero, era con su pareja –quien murió después de dos ACV hace seis años–; luego con sus tres hijos, más tarde con sus nietos –todos ya crecieron– y finalmente lo ha hecho sola: a Rusia fui sola en un tour, yo soy así de andar mucho y no me canso.

Pero este agosto de 2018 es diferente. Es julio y aunque debería estar comprando su boleto para conocer otras maneras de vivir –y luego regresar con “bronca” porque el gobierno de Argentina no aplica las mismas políticas de Europa–, todavía recuerda su viaje del año pasado. A sus 87 años se sentía con la energía suficiente para recorrer la Puerta de Alcalá o la Plaza del Sol en Madrid, pero, ahora, a sus 88 años dice qué linda mi casa, mi camita, y prefiere bajar un poco el ritmo.

Mientras tanto, el sello en su pasaporte de su primer viaje internacional –a Suiza– cuando tenía 30 años va perdiendo su estampa.

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—Uno tiene que viajar cuando es joven, ahora ya no.

La anciana se hace escuchar entre los susurros de una librería en Buenos Aires. Comparte una mesa con otras dos señoras contemporáneas que, aclara, no las conoce, pero, de todas maneras, les cuenta lo cansada que está de tomar dos aviones hasta Suiza, al que considera su segundo hogar.

Su esposo nació allá, pero en la década de 1930 sus padres emigraron para Argentina, fecha en la que se registra la última corriente migratoria del país europeo en el país suramericano desde 1856 que comenzaron a establecerse. Juan Rodolfo vivió en Argentina hasta que se graduó de contador, pero el destino todavía no lo cruzaba con María Luisa.

De hecho, en esos años, ella estaba comprometida con Eduardo, su primer amor, de quien todavía recuerda su fecha de cumpleaños, pero la leucemia solo les permitió vivir un romance de cinco años. Al final de su enfermedad –de la que María Luisa nunca se enteró realmente, solo hasta que murió porque los familiares de Eduardo no se atrevían a decirle–, recuerda que él tenía las uñas como cuando están sucias, pero en lugar de mugre, lo que a él le brotaba era sangre, y el blanco de sus ojos también estaba colorado.

María Luisa estuvo cinco años “viuda” –nunca logró casarse con Eduardo, pero ambos estaban “chochos”, comprometidos con anillo y todo–, desde los 23 hasta los 28, cuando conoció a Juan Rodolfo, quien regresaba a Argentina después de trabajar cuatro años en Suiza. Una noche de boleros y seis meses de novios bastaron para que ambos comenzaran a conocer el mundo juntos después de casarse. Cada año, Suiza era el punto de partida para visitar el resto de Europa y del mundo.

María Luisa, una mujer que tiene 58 años viajando, en un Starbucks de Buenos Aires

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María Luisa conoce Suiza como Argentina, pero su ascendencia principal es de Italia: sus padres, al llegar de Génova a Buenos Aires, contribuyeron a formar la cultura, tradición y costumbres que caracterizarían el país suramericano –“pibe” (pive) en dialecto genovés sería igual a “aprendiz” y “laburo” tiene su origen en la palabra “lavoro” que significa “trabajo” en italiano–. De hecho, cuando María Luisa empezó a cursar el primer grado de primaria no sabía hablar español, su maestra le enseñó, pero a los 15 o 16 años todavía su acento italiano delataba sus raíces.

El título de maestra de María Luisa no fue importante en el Ministerio de Educación. En 1948, cuando gobernaba Juan Domingo Perón, recuerda que más que un título, le preguntaron si estaba afiliada al partido peronista. Como su respuesta fue negativa, solo consiguió suplencias, en provincia, en Lanús, a dos autobuses de distancia de la Ciudad de Buenos Aires. Así estuvo casi 10 años hasta que quedó embarazada y su esposo le sugirió que no siguiera yendo para resguardar su salud.

¿Mamá, vos como sabés de ese libro? ¿Cómo leíste todos esos libros?, le preguntan sus hijos, a lo que ella responde que la educación en su época era diferente porque los obligaban a leer de todo, les daban una preparación general.

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María Luisa ha vivido casi 90 años y la educación no es lo único que evalúa diferente. Su mamá pensaba que se quedaría “para vestir santos” porque en la década del 50 las muchachas se casaban como a los 20 años. Tampoco se veía que las chicas de esa edad viajaran solas, así que, por eso, la primera vez que no tenía acompañantes en la fila de embarque fue a como a los 63 años, más de 30 años después de usar su pasaporte por primera vez.

Juan Rodolfo había sufrido ya el primer ACV y después de tomar los dos últimos aviones a Suiza, él le dijo a María Luisa que continuara viajando ella sola porque sabía que le gustaba. Sus amigas se sorprendían de que, a su edad, se montara sola en un avión, pero, para ella, era como embarcarse en un autobús. Rusia, Nueva York y Venecia –además de Suiza, por supuesto– son algunos de los destinos a los que ha ido en solitario.

Su viaje a Rusia fue en barco y una noche, cuando estaban al norte de Finlandia, había música en uno de los salones. Los que estaban solos estaban sentados porque son estúpidos —dice—, pero yo salí a bailar sola, yo hago esas cosas, porque no me da vergüenza ni miedo de hacer nada malo.

Y los hombres notan su seguridad. De vez en cuando se toma un café con un colombiano de 50 años. ¿Qué hacés con una mujer que puede ser tu mamá o tu abuela? Te voy a llamar mi cuarto hijo —bromea—. Las argentinas son todas más cerradas, como vos no hay ninguna —la cortejan.

Cuando señores como estos la invitan a salir, la deben llamar a su teléfono local porque, aunque sus hijos se lo piden, se niega a usar un celular —si llegué a esta edad sin eso, sin depender de ese aparato, puedo morir sin eso—.

—Ya me caí una vez por la calle, no pasó nada, no me van a dejar tirada. Aunque no tengas un teléfono, te ven y te ayudan. Ese día, me vinieron a ayudar dos muchachos jóvenes, ¿sabés lo que era la sensación? Sentir las manos jóvenes acá, que me levantaron de acá —señala el área de sus axilas, cerca de su pecho— me hubiera caído de nuevo, me encanta, poné esas cosas en tu texto, hace mucho que no siento eso. Si venía un viejo, le decía no, usted no, pero eran justo unos jóvenes, me acompañaron hasta casa.

De todas maneras, los números de sus hijos anotados a mano en pequeñas tiras de papel salen de uno de los cierres de su cartera.

El consejo del celular es solo por precaución, porque ellos saben la rutina de María Luisa: en las mañanas lleva la contabilidad de una iglesia —yo busco ocupaciones para tener amigas, para poder hablar con gente—, hace los decenarios para rezar el rosario en otra y algunas tardes tiene clase de teatro. Por eso, en las filas de embarque prefiere tener compañía. Pero, por los momentos, ya no más.

—Me cansé mucho, el cuerpo te dice cuando vos tenés que parar.

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Son cerca de las 4 de la tarde del 22 de julio. Aunque la empleada le deja comida en el freezer, María Luisa no quiere descongelar comida ni lavar platos los fines de semana, así que salió a almorzar. Seguramente le preguntó a otras personas qué estaban comiendo para luego ella comer lo mismo y ya después entablar una relación con ellos, como sucedió una vez con su esposo –un anillo plateado todavía viste su dedo anular de su mano izquierda– que incluso la pareja de extraños de esa oportunidad le terminaron ofreciendo una copa de champagne. Pero solo a ella. Juan Rodolfo era más reservado.

Ahora, está en la librería de Buenos Aires, la misma donde días atrás había compartido una mesa con otras dos señoras contemporáneas y, como buen amante de los libros, suele pasar muchas de sus tardes. Ahora, esta tarde, cierra las páginas de Los Padecientes, de Gabriel Roldán, y comienza a hablar de Eduardo, Juan Rodolfo, la leucemia de uno y la noche de boleros con el otro.

—¡Ah! Otra que escucha la historia —señala a una muchacha que toma un café de Starbucks en otra mesa—. Yo hablo fuerte porque soy media sorda.

En una hora, cuenta gran parte de su vida, pero no se atreve a dar su apellido.

—Déjalo en María Luisa. Ya soy bastante conocida.

Fotos propias

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