La máquina de café

una máquina de café en un centro de salud

—Estoy aquí en la obra social esperando que me arreglen unas recetas que me hicieron mal, así que estoy paseando, disfrutando la mañana —una señora graba una nota de voz desde su teléfono 📲.

Otro llama a un tal Bruno para avisarle que no podrá llegar antes de la 1 de la tarde a un lugar porque tiene varias personas por delante y en serio necesita revalidar una receta.

Es jueves 11 de julio, 11:30 de la mañana. Un grupo de personas espera para ser atendido en un centro de salud de Buenos Aires para trabajadores afiliados. La mayoría mira sus celulares, otros pocos una pared o el piso, quizá ensimismados en sus propios pensamientos. La concentración de todos en sus cosas es interrumpida por un muchacho al frente de una máquina que vende galletas 🍪 , chocolates 🍫 , alfajores, gaseosas 🥤. Introduce una moneda por una ranura que lo que hace es rodar y aparecer en un orificio más abajo. Vuelve a repetir, la moneda vuelve a caer.

—Solo funciona la máquina de café —le avisa otro hombre que está de pie y le señala la máquina que está al lado de las golosinas.

El silencio roto hace que el resto del grupo aleje su mirada de sus celulares, el piso o la pared y, ahora, miran al muchacho. Siguen sus pasos. Ellos están sentados en una sola fila, las dos máquinas están al frente.

El muchacho -alto, lentes, abrigo negro largo, por debajo de las rodillas- camina entonces dos pasos hacia su izquierda e intenta nuevamente con su moneda. Nada. Se agacha, revisa el agujero por donde debería salir el café, pero no suelta ni gota. Nada. Ni golosinas ni café 🤷🏻‍♀️.

—¿Presionaste el botón? —lo sigue ayudando el hombre que está de pie, a la derecha del muchacho. .

—No, el botón no funciona, tenés que seleccionar directamente lo que quieres tomar —agrega inmediatamente otra de las señoras que está en la sala de espera, a la izquierda del muchacho.

👀 Él mira a ambos lados para tratar de entender y conseguir su café.

—¿Qué quieres tomar? —el hombre que ha intentado ayudarlo desde el principio suelta sus brazos que tenía cruzados, mueve sus manos en ademán de amabilidad como si fuera el mesonero de una cafetería.

La gente alrededor se ríe un poco. El muchacho también e incluso le sigue el juego al hombre.

—¿También me puede traer una medialuna? —pregunta por el pan parecido a un croissant 🥐 que los argentinos comen en el desayuno o en la merienda, mientras su café finalmente comienza a caer de la máquina.

La risa de la gente ya no es tímida, suena con mayor fuerza.

—¡Ya te la comiste, ché, junto con un alfajor! —le responde el hombre para culminar su propia broma.

Todos ríen en carcajada.

—Todos nos enteramos lo que querías tomar —le dice otra de las señoras al muchacho mientras su risa va cediendo.

El muchacho toma su café con los últimos rastros de la risa en su boca y en sus ojos. Agradece a todos, porque todos estaban pendientes de su café, y se va 🙋🏻‍♀️

Los minutos pasaron, el efecto de la risa también. La mirada de la gente se aleja de las máquinas de café y golosinas, vuelve a la de sus celulares, a la pared, al piso… a la persona que tienen al lado.

—Me vine a las 9 de la mañana, ¿mirá la hora que es? —se incomoda la señora que necesita que le arreglen una receta.

—Increíble, yo ya llego tarde —le responde el que no podrá ver al tal Bruno antes de la 1 de la tarde.

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