«Perdón, no entiendo mucho castellano»

Lavandería de Almagro, Buenos Aires, Argentina

“Perdón, no entiendo mucho castellano. Cualquier cosa, llamar a las 16:15”. Un chino de unos veintitantos años está completamente solo como encargado en una lavandería de Buenos Aires recién abierta a las 9:00 am, y el mensaje se lee escrito a mano, en español, en una hoja de papel que reposa sobre el mostrador.

Su primer desafío comienza como a las 9:15 am.

—Decile a tu mamá que la lave en dos lavadoras porque estoy dejando mucha ropa para una sola —le pide una señora que seguramente es del barrio de Almagro donde se encuentra el negocio. Sin embargo, un silencio y una mirada pensativa son las respuestas del extranjero.

—Si una canasta de ropa cuesta 80 pesos y la otra la estoy llenando por la mitad, serían 40, ¿cierto? —insiste la vecina mientras separa un par de pantalones y unos bolsos de tela de unas sábanas, toallas y el resto de su ropa.

—Mmmm…ahhmm —es la respuesta que consigue.

El chino mandarín es el idioma más hablado del planeta, ya que es la lengua nativa de más de 1000 millones de personas. Claro, en China. Aquí en Argentina, los 120 mil chinos aproximados que viven en este país suramericano han tenido que adaptarse al español.

En mis primeros meses en Nicaragua no entendía “ni papa” lo que decían los nicaragüenses. ¡Y era español! De hecho, hasta los últimos días estuve aprendiendo expresiones nuevas, como “me subieron la chaqueta”. Literal me imaginaba que a la chama que estaba echando el cuento le estaban subiendo una chaqueta y no entendía el contexto, hasta que me explicaron que era como “halar las orejas”. O como cuando propuse una salida con mis amigos nicas y ellos me respondieron “sobre”: esa es su manera de decir “sí va”. Eso es solo por dar pequeños ejemplos de otros tantos, así que no pude evitar identificarme con el chino y él estaba en un caso mucho peor.

—¿A qué hora llega tu mamá? —la cliente no se da por vencida y con cada pregunta abre más los ojos a ver si encuentra la respuesta en la mirada de su interlocutor. Pero nada. Sus dudas no reciben más que balbuceos y finalmente se rinde—. Listo, me llevo mi ropa, vengo más tarde. No tengo tiempo para esto.

Llega mi turno y veo la hoja sobre el mostrador. Además de la aclaratoria que no habla castellano, está escrita la pregunta de “¿cuándo retirar?” y debajo su traducción en chino.

Las respuestas de “hoy en la tarde” y “mañana en la mañana” también están en una versión de símbolos que no significan nada para mí, pero para el encargado solitario de ese momento son su salvavidas a la hora de expresarse y mantener de pie el negocio familiar.

Dejo mi ropa en una sola cesta: sería muy complicado para él si la dejaba en dos diferentes y también para mí que es la primera vez que lavo en una lavandería. Sobre el papel, le señalo la pregunta en español de “¿cuándo retirar?” y él me indica su respuesta en chino de “hoy en la tarde”.

Me arriesgo y le pregunto algo fuera de su alcance, algo que no está en la hoja de papel arrancada de un cuaderno: con mi índice derecho toco un imaginario reloj en mi muñeca izquierda para saber a qué hora debo buscarla. Él, después de pensar, un pequeño balbuceo y pensar otra vez, me respondió “a las 17”. Yo también debo acostumbrarme a la hora militar de Argentina.

Me despido “hasta las 17” mientras levanto mi pulgar derecho y esbozo una sonrisa, sin decir nada, y él me la devuelve satisfecho de haber salido airoso de su segundo desafío de la mañana.

Foto propia.

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